Positivo

Atardecer en la playa de Baldaio, Carbaio (A Coruña)

Has dado positivo en los test. Lo siento.

Todavía le retumbaban las palabras del doctor mientras salía del hospital. Después de una larga y agotadora jornada de médicos, el diagnóstico no dejaba lugar a dudas: se había contagiado. No entendía por qué, llevaba meses siguiendo los consejos de las autoridades sanitarias y siendo especialmente precavido, pero ese fatídico 5 de octubre pasaba a engordar la larga lista de afectados por la pandemia que arrasaba al mundo occidental: la soledad.

Atardecer en la playa de Baldaio, Carbaio (A Coruña)

—Pero si tengo más de 5000 amigos en Facebook. ¿Cómo voy a estar yo solo? – pensó.

5000 amigos en Facebook, tropecientos likes en cada foto que subía a Instagram, miles de seguidores en Twitter, otros tantos en Youtube. Parecía que ni siquiera esas cifras eran mascarilla suficiente contra semejante plaga.

—El año pasado me escribieron cientos de mensajes en mi cumpleaños. Estos médicos no tienen ni puta idea – dijo autocomplaciente.

Subió al tranvía confuso, molesto, con cara de pocos amigos. Descubrió amargamente que el asiento individual del fondo del vagón estaba ocupado, así que buscó rápido una alternativa donde estar tranquilo. Imposible: en hora punta tocaba compartir barrote. El contacto físico parecía inevitable, así que optó por ponerse los auriculares y la música bien alta y así, al menos, aislarse espiritualmente.

—No creo que me pierda nada interesante – se convenció.

Unos minutos de caminata separaban la última parada del tranvía de su casa. Vivía cerca de una zona de bares, por lo que a esas horas del día era habitual ver por allí a parejas y grupos de amigos despidiendo, entre cervezas, la jornada laboral.

—Qué pereza – dijo entredientes.

Tenía unas ganas locas de encerrarse en casa y no salir hasta nueva orden, pero se topó en el rellano con su vecina “Ana la tetas”, como él la había apodado. La tetas, sí, aunque también la habría podido guardar como la de la sonrisa de cine, la de los ojos vivos, la de las piernas erotizantes, el angelito del cuarto b, la más bonita del bloque o Ana me casaba contigo. La realidad es que Ana le fascinaba, y aunque sus vídeos bailando en TikTok le habían provisto de grandes tardes de onanismo, tenía por ella una fijación bastante espiritual.

—Adiós – eso, y una sonrisa un poco tonta, es lo único que acertó a decirle.

Al entrar en casa, miró el móvil y comprobó, con orgullo, la cantidad ingente de mensajes que había recibido en los distintos grupos de Whatsapp a los que pertenecía: memes, vídeos de políticos diciendo tonterías, alguna “cachonda” bailando en ropa interior, incluso un par de fotos subidas de tono. Nada parecía demasiado urgente,  así que aparcó el móvil unos minutos y enchufó la tele como de costumbre. Le gustaba ese ruido de fondo. Una vez más, la comparecencia de Francisco Salmerón copaba todas las cadenas:

—Todavía no podemos hablar de una segunda ola de contagios, pero la realidad es que estamos muy preocupados por el avance de la epidemia. En verano las cifras no fueron malas, pero, parece ser que, conforme el clima empeora y los días se acortan, la soledad va creciendo en España. Por esta razón, nos vemos en la obligación de reforzar las medidas sanitarias y vamos a contar con el apoyo de la policía y el ejército para obligar a su cumplimiento  – sentenció Francisco Salmerón.

Tras una chapa de más de media hora, el epidemiólogo insistió en que todos los españoles se tenían que instalar, como poco, una red social, donde tenían que colgar, como mínimo, una foto diaria sonriendo y dejar, al menos, varios « Me gustas» y «Comentarios» en publicaciones ajenas.

—Reducir la distancia social parece la única manera de terminar con este nuevo virus. Saldremos más fuertes – aseguró Francisco Salmerón.

Harto de otra moralina, apagó la tele y rescató el teléfono para comprobar la salud de su Tinder. Parecía que su foto sin camiseta junto a un Ferrari había conseguido el objetivo: más de 50 matches en un día. Tenía tantas conversaciones abiertas a la vez, que solía confundir los nombres y las historias de las chicas con las que hablaba.

—Al final, para echar un polvo no se necesita mucha información – dijo para sus adentros.

Entró a su habitación dispuesto a enfundarse el traje estar por casa. Todo estaba en su sitio, algo que no era difícil en un cuarto con tan poco de nada. La cama hecha, la mesa recogida y las paredes casi vacías. Solo un dibujo de Bambi que hizo él de pequeño rompía la monotonía. También había una foto de sus padres que miró con cierta nostalgia. Por un segundo pensó en ir a cenar con ellos, pero no habían pasado ni 15 días desde la última vez que se vieron y no quería malacostumbrarlos.

—Les mando un selfie y así seguro que no les contagio. – se autoconvenció.

Con el pijama ya puesto, fue a la cocina y abrió esa nevera tan de soltero desganado que también contenía muy poco de nada. Por suerte, encontró un poco de pizza de la larga noche de consola anterior. Así pues, un día más terminó cenando con el móvil como única compañía y despidió una nueva jornada en la que solo había hablado en persona con su médico. Pero daba igual, porque la foto que había subido a Instagram por la mañana llevaba ya más de 500 likes.

Positivo es un relato corto de Sergio Otegui Palacios. Aquí podéis leer más relatos breves.


Sergio Otegui Palacios

Trabajo en El Fabricante de Nubes, una productora audiovisual en Zaragoza. Recorro el mundo con una mochila a la espalda y una cámara en la mano y os lo cuento en Nada Incluido, mi blog de viajes. Vídeo, fotografía, publicidad, viajes, lo que surja. How can I help you?

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