Con sus manos

Recepción del Zelenkovak Ecovillage (Bosnia)

La tormenta le había pillado de sorpresa. Aunque su destino final era Banja Luka, todavía quedaban más de 70 kilómetros para llegar y el agua no parecía que fuera a darle tregua. Ni el mejor chubasquero le protegería de semejante aguacero; tampoco lo llevaba. El asfalto ya no sabía qué hacer con tanta agua, por lo que el panorama empezaba a tornarse inseguro para andar con la moto. Un cartel a lo lejos le devolvió la esperanza: “Eco Village Zelenkovac”. Sonaba demasiado hippie para él, pero prefería un techo cualquiera antes que una pulmonía. El asfalto de la carretera comarcal dio paso una pista forestal llena de agujeros y de charcos. Quizá no hubiera sido la decisión más inteligente, pero el frío no permitiría más cambios de plan. No tardó mucho en llegar a la civilización. O a donde fuera que estuviese.

Recepción del Zelenkovak Ecovillage (Bosnia)

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Apenas había luz en el poblado, desde luego, totalmente insuficiente en una noche de tormenta. Varios candiles distribuidos a lo largo del terreno dejaban entrever lo que parecían casetas de madera. Al frente, las ventanas de un edificio más grande filtraban una luz tintineante de chimenea. Le daba igual si esa era la puerta a la que tenía que llamar, pero necesitaba chupar de ese calor. Abrió un hombre. Tendría unos 60 sufridos años, aunque su aspecto era amistoso. Le decoraba una barba tan tupida que permitía esconder los labios dentro. Su pelo parecía haber vivido tiempos mejores, aunque se resistía a abandonar la cabeza. El hombre barbudo le miró sorprendido y le habló en ese inglés de acento yugoslavo tan propio de estas tierras.

—Oh, no esperaba a nadie a estas horas. Pero, ¡bienvenido a Zelenkovac!

Desde luego, el desorden del salón confirmaba que el hombre barbudo no esperaba a nadie. Allí dentro, la piedra y la madera eran los ingredientes principales. Varias mesas y otras tantas sillas, cada una de su padre y de su madre, conformaban el espacio de lo que parecía ser un bar restaurante. Entre tantos colores de la tierra resaltaban una serie de cuadros ubicados en las esquinas de la estancia. Algunos parecían dibujos del poblado, otros solo su autor los entendería.

—Soy Borislav, por cierto. Boro, si lo prefieres – dijo el barbudo mientras extendía la mano.

—Alexander, encantando – contestó el motorista completando el estrechón.

—Siéntate junto a la chimenea. Voy a buscarte una toalla – propuso Boro.

Poco le costó a Alexander aceptar la oferta. Tenía las manos congeladas y empezaba a encontrarse bastante mal, pero el calor del fuego prometía sentarle de maravilla. Boro no tardó en reaparecer, aunque no cargaba solo una toalla.

—Te he traído algo de ropa. Quizá te vaya un poco grande, pero seguro que no te importa – comentó amistoso.

Efectivamente, le iba a ir larga. Pese a que probablemente el paso de los años podría haberle robado algún centímetro a Boro, aquel afable barbudo superaría con creces el metro ochenta de altura, unos cuantos más que Alexander. La talla nunca había sido uno de los fuertes del motorista.

—Hay un baño junto a la recepción por si quieres cambiarte – añadió Boro.

Alexander se miró al espejo del aseo. Su salvaje aspecto físico todavía imponía más al estar mojado. Agarró la toalla y se secó con fuerza, esperando, un día más, que el algodón se llevara también sus cicatrices. Boro le aguardaba en la mesa con una sopa bien caliente y el ingrediente secreto: una botella de vodka.

—Creme, hay fríos que solo el vodka puede quitar– comentó Boro.

—Especialmente los del corazón – corroboró Alexander.

Brindaron y la charla fluyó sola. Lógico, Boro estaba acostumbrado a llevar la voz cantante y Alexander, a escuchar y recibir órdenes. Al principio, hablaron de superficialidades y lugares comunes, pero conforme la sopa bajaba y el calor y el vodka subían, la conversación aumentó de nivel.

—Boro, ¿se puede saber exactamente dónde estamos? – preguntó Alexander.

Boro se rio y se encendió un cigarro.

—¿Te importa que fume?

—No, claro. Estás en tu casa – respondió Alexander.

—Bueno, esta no es exactamente mi casa. Mi casa está afuera, en otro lado del pueblo. El edificio donde estamos es una reconstrucción de un antiguo molino y es la razón por la que estoy aquí. Es herencia de mis padres, quienes murieron en la guerra de Los Balcanes. Por cierto, ¿tú eres de por aquí? – preguntó Borislav.

Alexander se quedó unos segundos fuera de juego.

—Eh, no. Soy… ucraniano. Aunque conozco bien lo que pasó en Los Balcanes – contestó Alexander.

—Bueno, pues mis padres fueron unas de las 100.000 personas que se cobró esa guerra. Los mató un francotirador durante el sitio de Sarajevo – continuó Borislav.

Un silencio incómodo se instaló en el salón. Alexander se refugió en los últimos sorbos de sopa, Borislav hizo lo propio con el cigarro.

—Podemos hablar de otra cosa si lo prefieres – propuso Alexander.

—No, claro que no. Esta es mi vida, esta es mi historia y la suya. Hablar de ellos es una forma de mantenerlos vivos, ¿no?

Alexander no respondió.

—Pues bien, este molino de madera en medio de la nada fue, curiosamente, uno de los pocos sitios de Bosnia que no fueron arrasados en la batalla. Estaba intacto. Ni una bala, ni una quemadura, ni una mina en la zona. Así que vendí todo lo que poco tenía y me vine a vivir aquí. Y, en homenaje a mis padres, me propuse construir este pueblo junto al molino.

—¿Con tus manos? – preguntó Alexander mientras engullía otro trago de vodka.

El intenso cantar de un pájaro despertó a Alexander. Se levantó aturdido y muy confuso, sin saber exactamente dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Un fortísimo dolor de cabeza confirmó sus sospechas: se había emborrachado. Todavía llevaba la ropa de Boro. La revisó preocupado, pero parecía que no había perdido el control de sus esfínteres. No esta vez. Miró a su alrededor: estaba en lo que parecía un bungaló de dos pisos. Arriba había dos camas dobles. En la parte inferior se encontraban el baño, la cocina y un minúsculo salón. Todo sencillo, todo modesto, todo de madera. Un sol de puro otoño se colaba a través de la ventana. Se acercó a la puerta, pero vaciló antes de salir a la calle. ¿Qué cojones habría hecho la noche anterior? Y, lo que es peor, ¿qué cojones habría dicho? Fuera lo que fuera, tocaba asumir responsabilidades.

Abandonó la casa. A su alrededor, había otras tantas cabañas de tamaño similar, aunque de aspecto diferente. La madera era el ingrediente principal de todas ellas, pero cada una tenía una receta arquitectónica particular. O quizá es que nunca hubo receta. El espacio era alucinante. Era como estar en un pueblo del Antiguo Oeste, pero completamente rodeado de vegetación y monte. Los colores del otoño todavía le daban más magia al escenario. El suelo de tierra todavía coleccionaba charcos de la noche anterior, aunque el sol de esa mañana empezaba a secarlos. No estaba solo: varias de las casas del pueblo estaban habitadas. Ahí había gente de cualquier lugar del mundo.

De pronto vio a Boro a lo lejos saliendo de lo que solo podía ser su casa. Allí la madera pasaba desapercibida entre un inmenso escaparate de todo tipo de herramientas y creaciones. El orden no parecía ser una de sus virtudes, aunque hubiera creado un pueblo puramente armónico. Sus miradas hicieron contacto. Ya no había escapatoria. Alexander se acercó inquieto hacia la casa taller de Borislav.

—Esto es precioso, Borislav – Alexander disparó primero.

—¿Te gusta? Está todo por terminar, pero es un orgullo haber llegado hasta aquí – dijo Boro satisfecho.

Un breve silencio se coló en la charla. Borislav lo rompió.

—Alexander, ¿por qué no me dijiste que eras serbio?

Mierda, el vodka le había vuelto a traicionar, pensó Alexander. Y, lo que era peor, ¿le habría contado también lo otro?

Con sus manos es un relato corto de Sergio Otegui Palacios. El texto está inspirado en un lugar real, pero la historia es completamente inventada. Aquí podéis leer más relatos breves. 

Zelenkovac


Sergio Otegui Palacios

Trabajo en El Fabricante de Nubes, una productora audiovisual en Zaragoza. Recorro el mundo con una mochila a la espalda y una cámara en la mano y os lo cuento en Nada Incluido, mi blog de viajes. Vídeo, fotografía, publicidad, viajes, lo que surja. How can I help you?

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