Volveremos a volar

Árbol de Navidad en Isla Perro Chico, en el archipiélago de San Blas (Panamá)

Otra mañana más, abrió el buzón con la esperanza de despertar, por fin, de ese mal sueño. Pero otra mañana más, no había ni una sola carta que leer. No podía entender como después de tantos años de servicio desinteresado a la sociedad, esta le estaba dando la espalda.

Árbol de Navidad en Isla Perro Chico, en el archipiélago de San Blas (Panamá)

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Entró en casa. La puerta principal daba directamente a un amplio salón comedor donde reinaban la madera y el desorden. Las brasas de la chimenea hacían un esfuerzo final, iluminando la estancia con una luz tenue e intermitente. No era el único punto luminoso del salón, la última bombilla sin fundir de un destartalado árbol de Navidad completaba la atmósfera. No sin dificultad, se podía visualizar el sofá junto a la lumbre, una gran mesa de comedor, un espejo amplio y centenario y otras estanterías y muebles. Destacaba una cantidad ingente de adornos navideños de toda clase entremezclados con latas de cerveza y otros recipientes con finalidades alcohólicas. Suciedad, añoranza y caos.

Cometió el error de mirarse al espejo. Poco quedaba ya de ese aspecto bonachón e inocente que tanto éxito le había traído. Su amistosa barriga de antaño había sido sepultada por una obesidad insana. Su barba larga y descuidada había dejado de brillar.  Solo sus mejillas lucían ese rojo tan característico que siempre le provocaba el calor del fuego. Agarró unas tijeras con intención de modernizar su aspecto, pero la nostalgia en la que vivía le impedía tomar decisiones drásticas.

Volvió al jardín a ver si el aire gélido de Rovaniemi le refrescaba las ideas. El terreno era inmenso, con más árboles y plantas que algunos invernaderos, pero las malas hierbas lo habían invadido todo. Un puñado de nieve sucia decoraba la escena, nada que ver con la estampa navideña habitual de sus años de juventud. Por allí andaba su mascota, la cual corrió a saludarle. Una vez más, esta buscó con su hocico la mano de su amo, sabedora de que le caería una ración de sus caricias favoritas, esas que hacían que su nariz brillara.

—Pronto volveremos a volar – le dijo mientras le mimaba.

Una melodía de black metal a lo lejos rompió la ternura del momento: era su móvil. Entró en el salón y lo cogió esperanzado.

—¿Sí? – contestó.

—¿Cómo estás? – la inconfundible voz del otro lado le gratificó.

—Hola, amigo. Qué alegría escucharte. Yo estoy bien, supongo… ¿Vosotros? – se interesó.

—Pues como tú, imagino… ¿Te ha llegado alguna carta?

—No. Bueno sí, la factura de la luz y el gas.

Los dos amigos se echaron a reír. Qué poco se reía últimamente, pensó.

—Esto es una mierda, Noe.

—Qué me vas a contar, Gaspar.

—Quién nos iba a decir que íbamos a ser sustituidos por una puta página web – sentenció el Rey Mago.

Una vez más, aquella puñetera web salía a la palestra: Amazon. Poco menos de 25 años le había costado al gigante tecnológico acabar con un trabajo milenario. Ya no había hueco para la magia.

—Los niños de hoy en día ya no tienen paciencia. Para qué van a esperar a que les llevemos los regalos en Navidad si pueden tener lo que quieran, cuando quieran, donde quieran – añadió Gaspar.

—Lo pienso todos los días, compañero. Todos los días.

Un asfixiante silencio se apoderó de la conversación. Habían hablado tantas veces de aquel problema que ya no sabían desde donde encararlo.

—¿Y si empezamos a repartir regalos todos los días? – propuso Papá Noel con una bocanada de ilusión.

—Sabes que es imposible, Noe. No hay elfos suficientes para llegar a todos los lugares del mundo. Y los que hay solo piensan en jugar al ordenador – sentenció Gaspar.

—Hablamos otro rato.

Papá Noel colgó el teléfono sin despedirse. Estaba triste, furioso, enrabietado. Odiaba el mundo moderno. Odiaba la tecnología, el móvil, las apps, las redes sociales. Odiaba la sociedad falsa, impersonal y artificial en la que vivían.

—Oye, Siri – dijo en alto.

—¿En qué puede ayudarte? – respondió su móvil.

—Vete a tomar por el culo.

Se rio con su ocurrencia, pero pronto volvió a invadirle una sensación de fracaso. Espoleado por el malestar, agarró una caja de madera de la mesa del salón y se sentó con ella en el sofá. Estaba llena de puros, aunque esa no era su verdadera finalidad: una pistola y algo de munición se escondía bajo un falso fondo. Papá Noel agarró el arma con mucha delicadeza y se dispuso a cargarle una bala, aunque un incontrolable tembleque de manos hizo la tarea imposible. Tiene que haber otra salida, pensó.

Acto seguido, dejó la pistola en el asiento, se levantó como un resorte y subió al ático. Le costó mucho abrir la puerta, en parte por lo atrancada que estaba después tanto tiempo de desuso, pero, sobre todo, por el atenazamiento que le provocaba enfrentarse a su pasado.

La puerta terminó cediendo, liberando con ella un fuerte olor a cerrado y melancolía. Todo seguía igual en aquella habitación, aunque ahora el polvo y las telarañas lo impregnaban todo. Una cantidad ingente de regalos sin abrir se apoltronaban en los laterales del cuarto: cada uno con un envoltorio diferente, cada uno con un nombre y una dirección incorrecta. Aquel cuarto era el cementerio de los presentes que nunca había podido entregar. Al fondo del habitáculo, relucía un gran baúl de madera. Llegó hasta él, sopló fuerte para quitarle algo de polvo y lo abrió: miles de cartas abiertas salieron a recibirle.

—Aquí seguís… – dijo con la voz entrecortada.

Respiró profundo, tratando de controlar la emoción, y metió la mano en el baúl para rebuscar entre las cartas. De entre todas ellas, una le llamó especialmente la atención. Guillermo, su autor, la había decorado con un dibujo en el que salía Papá Noel entregándole regalos al niño y a la familia de este. Sobre ellos un bocadillo con un mensaje claro: «Gracias».

Se le escapó una lágrima. O unas cuantas. Se secó los ojos con la manga de su ajado uniforme rojo. Siempre había sido un nostálgico, pero aquella situación le estaba llevando a límites emocionales desconocidos. Esperó a serenarse un poco, dio la vuelta a la carta y la leyó.

—Querido Papá Noel. Este año me he portado muy bien, he sido bueno con mi hermano, he ayudado a poner la mesa todos los días y he sacado buenas notas. Ojalá puedas traerme estos regalos.

Después de la introducción, había una larga lista de peticiones de toda clase, tamaño y precio. Y una escueta despedida.

—Además de estos juguetes para mí, también me gustaría que acabaras con los malos e hicieras desaparecer la injusticia en el mundo. Gracias. Guille.

Terminada la carta, la dobló y la devolvió a su lugar. Volvió a respirar profundo. Con el aire de los pulmones renovado, cerró el baúl, abandonó el ático y volvió al salón decidido. Ahora le tocaba a él hacer una llamada.

—¿Sí? – resonó la inigualable voz de su amigo.

—Gaspar, soy Noe. Oye, ¿vosotros tenéis la dirección del presidente de Amazon?

—Imagino que Baltasar la tendrá. Él se encarga de los repartos en Norteamérica.

—¿Me la podrías pasar? – preguntó Papá Noel interesado.

—Claro, te la mando por Whatsapp. Pero, ¿para qué la quieres?

—Nada, solo quiero charlar con él.

—Noe, ya sabes que no podemos entrar en casa de nadie que no nos haya enviado una carta previamente.

—Sí, sí, lo sé.

—Santa, en serio, está tipificado como delito grave en el código penal de los seres mágicos…

—No te preocupes – interrumpió Papá Noel.

Colgó el teléfono dejando a Gaspar a medias. Unos minutos después, le llegó un mensaje al móvil con la dirección solicitada junto a un escueto: «No hagas el gilipollas». Pese a la frondosidad de su vello facial, este dejaba entrever una sonrisa de pura satisfacción.

Con el ánimo recargado, reavivó el fuego de la chimenea, limpió el salón a fondo, reorganizó los adornos y cambió, una a una, las bombillas fundidas del árbol de Navidad. Acto seguido se arregló la barba como años atrás, se dio una ducha y se calzó un uniforme completamente nuevo. Rojo y blanco, por supuesto. Sobre sus espaldas: el saco mágico. Pese a los muchos kilos de más, Papá Noel lucía como en sus mejores tiempos. Abrió la puerta del jardín en busca de Rudolph.

—Ups, casi se me olvida – dijo en alto.

Papá Noel volvió al sofá, cogió la pistola con delicadeza y, esta vez sí, le cargó una bala. Los nervios habían desaparecido. Y soltando un carismático «Hou, Hou, Hou» salió, por fin, de casa.

Volveremos a volar es un relato corto de Sergio Otegui Palacios. Aquí podéis leer más relatos breves.

Rovaniemi


Sergio Otegui Palacios

Trabajo en El Fabricante de Nubes, una productora audiovisual en Zaragoza. Recorro el mundo con una mochila a la espalda y una cámara en la mano y os lo cuento en Nada Incluido, mi blog de viajes. Vídeo, fotografía, publicidad, viajes, lo que surja. How can I help you?

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