El botones

Cartel "Do not disturb" en la puerta del Hostal Rainbow en Pattaya

El vestíbulo del hotel es amplio, de techos elevados, decorado con cuadros abstractos y estatuas de difícil comprensión. Estilo moderno, supongo, aunque no tengo ni puta idea de decoración. La recepción está situada en un lateral cerca de la puerta de entrada. El mostrador es alto y no hay ni rastro de sillas donde sentarse.

Cartel "Do not disturb" en la puerta del Hostal Rainbow en Pattaya

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—Guillermo, ¿verdad? Encantado de conocerte. Soy Eduardo y seré tu compañero en la recepción algunas noches.

Efectivamente, voy a trabajar de noche y los findes, el momento de la semana en que más me vicio. Mis padres no dan puntada sin hilo.

—Hola, Eduardo. Encantado —le digo mientras me seco el sudor de las manos disimuladamente en el pantalón.

—¿Me permites? —me pregunta mi compañero señalando la corbata.

Mierda, he fracasado haciéndome el nudo pese a lo fácil que parece en Youtube. En mi defensa diré que la presión de mi madre no ha ayudado a la causa.

—Guille, date prisa, que vas a llegar tarde a tu primer día de trabajo.

Efectivamente, mi primer día de trabajo. Me estoy haciendo mayor o, mejor dicho, mis padres me obligan a que así sea.

—Guillermo, no puedes estar todo el día jugando al ordenador. La vida adulta es otra cosa —dice mi padre una y otra vez.

En realidad, poder puedo. Mis padres tienen dinero de sobra como para mantenerme toda la vida. Y a mí, personalmente, me encaja el plan. Con los estudios terminados con nota y con ninguna gana de salir al mercado laboral, he estado meses encerrado en casa disfrutando de las posibilidades infinitas que brinda internet. Y aunque a mi familia nunca ha parecido importarles que suela hablar más con el ordenador que con ellos, ahora dicen que les preocupa mi futuro. Así que, con el objetivo de que me vuelva una persona corriente, me han enchufado como botones en el hotel de un conocido.

—¿Guillermo? —las palabras de Eduardo me devuelven al presente.

—Sí, sí. Adelante.

Demasiado cerca, pienso mientras me apaña el desastre de nudo que he acabado haciendo. También pienso en lo bien que huele y en lo atractivo que es. Calculo que tendrá unos 30 años, más o menos. Imagino, por el corte de su barba, que es un tío presumido. Intuyo, por sus formas, que le gusta seducir. Apuesto, por su trato, que me va a caer bien.

—Cuando entré aquí, yo tampoco sabía hacerme el nudo. Aprenderás, eso va con el oficio —me dice con complicidad.

—Si no siempre puedo comprarme una pajarita —bromeo, pero mi comentario cae en saco roto.

Las dos horas siguientes son una sucesión de Eduardo explicándome mis tareas en el trabajo. En realidad, no soy botones, sino auxiliar de recepción. Mi misión principal es ayudar al recepcionista en todo lo que necesite y servir a los clientes en todo lo que me pidan. En todo, remarca Eduardo.

—Pase lo que pase, yo no debo abandonar la recepción, por lo que serás tú quien suba a las habitaciones si los clientes lo requieren. Eso sí, si hay propinas, vamos a medias —matiza Eduardo.

Bote pronto, parece un trabajo fácil. Por lo que me comenta, el ambiente de los fines de semana es muy diferente al de los días de labor. Sobre todo a las noches, donde muchos de los que se dejan caer por ahí son gente que ha ligado y quiere rematar la faena. Tiene sentido, es un hotel céntrico ubicado cerca de las zonas de marcha.

—También viene mucha prostituta con sus clientes. Aunque no siempre es fácil distinguirlos —añade Eduardo.

Así pues, detrás de esa fachada de hotel pijo y elegante, parece ser que estoy trabajando como botones en un picadero. Suena divertido.

Será medianoche cuando entra por el hotel la primera pareja de Walk-in. Por lo que me ha comentado Eduardo, así se le llama a la gente que busca alojamiento sin reserva previa. Llevan ropa elegante, aunque ambos andan ya bastante desaliñados. Un día largo, aunque con final feliz, pienso. Eduardo les atiende mientras me explica lo que está haciendo. Yo le presto el 50% de atención, el otro 50% lo invierto en ellos. Quiero saber quiénes son y qué relación tienen. En primer plano se muestran sobrios y profesionales, pero en segundo plano atisbo como la mano del caballero se encuentra perdida en algún lugar del trasero de la dama. Él se muestra seguro, ella parece algo más inquieta. Aunque yo estoy ligeramente apartado, llega hasta mí una mezcla de olor a alcohol y perfume. Se marchan. No llevan maleta, así que, según el protocolo, no tengo que acompañarles si no lo solicitan. Lástima.

—Menuda pareja. No sé si van a funcionar con tanto alcohol —comenta Eduardo.

—No son pareja. Él lleva anillo de casado, ella no. Son compañeros de oficina. Creo que han tenido comida de empresa y se ha ido de madre. Él va a ser infiel esta noche y apostaría a que no es la primera. Ella sí que parece nueva en esto —sentencio.

Eduardo me mira fascinado. Se ríe con mis conjeturas y me explica no sé qué del trabajo. Esta vez solo le atiendo al 25%. El 75% restante está escondido en algún punto del ascensor que llevará a la pareja de infieles a la octava planta. Imagino cómo, en cuanto se cierran las puertas, él le mete el morro con ansia viva, tras una jornada entera calentándose furtivamente. Vuelven a abrirse las puertas y la chica sale recolocándose el vestido. Él la sigue de cerca con el semblante del cazador que se ha hecho por fin con su escurridiza presa. Ella abre la puerta de la habitación y se dirige hacia la cama mientras se le escurre el tanga hasta los zapatos de tacón. Se tumba muy cerquita del borde, con las piernas bien abiertas. Él llega hasta la cama, se quita la chaqueta del traje, se desabrocha el cinturón, se baja la bragueta, aparca el anillo y…

—Guillermo, ¿qué tal se te dan los ordenadores? Igual puedes ayudarme con esto.

Eduardo me devuelve de un plumazo a la realidad. El mundo virtual nunca me deja alejarme del todo.

—Bueno, se me da bien jugarlos. Arreglarlos no tanto. Pero a ver qué puedo hacer —contesto.

En 5 minutos soluciono un problema que, por lo visto, lleva meses jodiendo.

—Vaya manos, chicos. Te voy a traer mi portátil para que lo arregles —se ríe.

No sería el primero. A lo largo de mi etapa escolar y universitaria, siempre tenía en casa el ordenador de algún compañero. Muchos me pagaban para que se lo arreglara, pero a mí el dinero me daba igual. Lo que me fascinaba era rastrear hasta el último rincón de sus discos duros. Me encantaba descubrir sus gustos pornográficos o, en el mejor de los casos, toparme con alguna foto o vídeo comprometedor de su propietario. La de pajas que cayeron con mi profesora de la academia de inglés.

Son las dos de la mañana cuando suena, por primera vez, el teléfono de recepción. Me apetece cogerlo, pero toca respetar la jerarquía. De momento.

—Recepción, ¿dígame? Le atiende Eduardo.

No termino de distinguir qué dicen al otro lado, pero parece una voz femenina.

—Ahora mismo sube mi compañero.

Eduardo cuelga el teléfono y me explica que la de la 311 se queja del calor de su habitación. Me cuenta que el termostato está junto a la puerta y que, a veces, hay que zarandearlo un poco porque se queda atascado. Casi sin dejarle terminar, estoy en el ascensor. Me miro al espejo y me veo bien. Acostumbrado a estar casi todo el día en pijama, redescubro lo bien que me lucen los trajes y admiro el trabajazo que ha hecho Eduardo con el nudo de la corbata. Llamo a la 311.

—Perdona hacerte subir a estas horas —dice la clienta mientras abre la puerta.

—Nada, para eso estamos —le respondo complaciente.

Hace un calor de cojones. La habitación está oscura, solo una luz de mesita ilumina la escena. Intuyo una cama desecha, una maleta en el suelo y la ropa tirada por cualquier lado. Ella lleva un camisón, aunque apuesto a que se lo acaba de colocar al intuir mi llegada. Localizo el termostato y aunque podría trabajar con la iluminación presente, mi curiosidad me pide más datos.

—¿Le importa si pongo un poco más de luz? —le echo morro al asunto.

—No, claro, la que necesites —responde ella.

Acierto. El alumbrado del techo me permite terminar de componer el escenario. Me llama la atención un amplio despliegue de ropa interior en la mesa de la habitación. A ella le calculo 40 y varios años. Es morena de pelo caótico, feica de cara, pero se le marca un cuerpo de diez. Me cuesta levantar la vista de sus pezones, muy visibles a través del camisón blanco. Trato de disimular y vuelvo al termostato. Ella me vigila de cerca, mientras, mentalmente, escucho las explicaciones de Eduardo. Consigo apagarlo.

—Creo que ya está —le digo.

—Qué rápido. Gracias —me sonríe.

—No hay de qué. Que descanse.

Nos cruzamos una mirada eterna antes de salir. Me parece que su problema de calor no lo va a solucionar el termostato. Me dirijo al ascensor, mientras pienso en la lencería tirada en la mesa. Imagino que Pilar, como la llamaré a partir de ahora, está aquí por trabajo, pero aprovecha las noches para jugar en Tinder. Un par de fotos luciendo palmito son más que suficientes para hacer matchs a diestro y siniestro. Tiene dónde elegir, ¿a quién no le apetece calzarse a una madurita con pasta? Cada jornada que pasa, cuenta las horas de trabajo que le quedan para volver al hotel. Ahí ella es la reina y a diario viene a visitarla algún súbdito dispuesto a complacerla. Rara vez le llevan al orgasmo, pero lo finge: le encanta que los chicos se piensen que le dan placer. El sonido del ascensor me aparta de mis fantasías. La puerta se abre, pero no llega a cerrarse: un pie descalzo con las uñas impecablemente pintadas la bloquea. Es Pilar.

—Toma. Por las molestias —me dice deslizándome un billete de 20 euros.

Intento responderle, pero mi cerebro está paralizado: el susto y la excitación se han apoderado de mí. Pilar se echa hacia detrás dejando que el ascensor se cierre. Me mira. La deseo. La puerta se interpone. Llego a recepción.

—Joder, ¿la clienta estaba buena o qué? —comenta Eduardo mientras camino hacia él.

—¿Por qué dices eso?

Eduardo señala mi entrepierna con un sutil gesto de ojos. Agacho la cabeza en esa dirección. Llevo una erección de caballo. ¿Este va a ser mi trabajo? Quizá vaya a tener que acabar dándole las gracias a mis padres.

El botones es un relato corto de Sergio Otegui Palacios. Aquí podéis leer más relatos breves.


Sergio Otegui Palacios

Trabajo en El Fabricante de Nubes, una productora audiovisual en Zaragoza. Recorro el mundo con una mochila a la espalda y una cámara en la mano y os lo cuento en Nada Incluido, mi blog de viajes. Vídeo, fotografía, publicidad, viajes, lo que surja. How can I help you?

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